
Mi DNI es una tristeza. Es el de los dieciséis años, libreta verde. Me lo dieron a fines del 2000, cuando faltaban cuatro meses para que cumpliera 18. En la foto salgo afeitado, con un colgante de Charly García que por esos días usaba siempre. Se me ve con mucho pelo y una cara de no-tengo-idea-de-qué-se-trata-el-mundo que hoy me da ternura y bronca por no haber tenido la inteligencia suficiente para captar a tiempo ciertas verdades de la vida. De a poco, la foto se fue poniendo borrosa. A diferencia de las imágenes que están cargadas de recuerdos, no mejoró. No se mojó, no se manchó ni se rompió. Se puso fuera de foco sin razón. No sé cuándo sucedió exactamente. Empeoró y no me importa mucho, porque hace tiempo que está así y no me tomo el trabajo de ir a renovarlo. Sólo me preocupo en los momentos previos a hacer un trámite. En cada lugar donde lo presenté así, arruinado (en un banco, un estudio jurídico, un aeropuerto, el correo), me rechazaron absolutamente o se pusieron buena onda y me la dejaron pasar después de retarme, pero todos notaron el detalle.
Hoy, acá, no hay forma. No voy a pasar. Es miércoles, son las dos y media de la tarde y estoy llegando al Congreso de la Nación. No al edificio histórico, que está al frente, apenas cruzando Rivadavia, sino al anexo de la Cámara de Diputados. Las reglas son las mismas en los dos sectores: para pasar hay que dar nombre y apellido, anunciar para qué estamos allí y presentar Documento Nacional de Identidad. Cuando me entero, pienso que debería haber ido a renovarlo, después de todo. ¿Qué le voy a decir a mi editor si me rechazan? ¿“No sabés lo que me pasó”? No, tengo que entrar para entrevistar a los diputados nacionales salteños y si no lo logro no van a confiar en mí otra vez para este tipo de notas. Estoy en la antesala del horno. Me la veo venir.
El anexo está en plena reforma desde marzo. Desde afuera, su fachada vidriada pasa desapercibida al estar cubierta por los trabajos que se están realizando. Se ingresa por diferentes puertas estrechas que están flanqueadas por hombres vestidos de negro y actitud segura y amable. Después de caminar unos pocos pasos por un pasillo interno, un viejo empleado que parece estar desde la época de Isabel Perón abre una puerta de vidrio, saluda con un movimiento de cabeza y exige “documento en mano, por favor”. Adentro hay mucha gente en poco espacio. El hall de entrada es mínimo. Apenas hay lugar para unas sillas y dos escritorios en los que se refugia la recepcionista con una computadora, un teléfono y una impresora. Además, hay dos ascensores y otra puerta.
Cuando llega mi turno en la fila me recibe una mujer de veintipico que está sentada, viste un pantalón negro, suéter al tono y camisa blanca. Su pelo largo, rojizo y lacio, sus curvas pronunciadas en la cadera y la cintura y su cara angulosa la convierten en el ser más deseado del salón. Todas las miradas están puestas en ella. El tatuaje que sobresale en su brazo izquierdo, debajo de la camisa, la vuelve más atractiva, dispara fantasías. Podría andar bien en una porno soft de canal de cable.
Después de hablar por teléfono con el secretario de un diputado de Río Negro a pedido del hombre que está adelante mío, la colorada me mira y me pide el DNI. Se lo doy y abro el paraguas. No me tiró ninguna pero ya estoy atajando todo. “Tomá, pero es una lágrima”, le digo, pensando que una de las características excluyentes de su currículum es la de ser una laburante perfecta, inapelable. No cualquiera entra a trabajar en el Congreso, pienso. Me va a decir que no, que el documento está mal, que así no se puede ni circular por la calle y va a llamar a un guardia de seguridad tan eficiente como ella que me acompañará amablemente a declarar con un policía de turno, retendrán la libreta de la discordia y me preguntarán qué estoy haciendo ahí, que cómo puedo ser periodista de Salta si mi domicilio asegura que vivo en Entre Ríos. Ella jamás dejaría que un indocumentado como yo se ponga cara a cara con los representantes del pueblo. La nota fue.
Pero no, la chica no responde a mi apertura de paraguas. Mira la pantalla de la computadora con una apatía creciente, anota, marca el número de interno del despacho al que le dije que necesito ir y con voz de novia desencantada dice “está Anzardi, Federico”. Corta, guarda mi documento en un fichero, imprime un papel, me lo da y me indica que tengo que tomar el ascensor y subir hasta el piso 9. No lo puedo creer. Primer escollo esquivado gracias a la argentinidad al palo. Me voy antes de que a la muchacha le agarre un ataque de responsabilidad. Veo un ascensor aún abierto con siete personas adentro. Les pregunto si hay lugar. Me dicen que no, que de hecho sobra uno. Nadie se mueve. El ascensor no se cierra. Tras unos pocos segundos de silencio y tensión, una mujer de unos cuarenta años escupe un “qué caballeros, eh. Además yo no entré última”, y sale. Inmediatamente, un tipo de saco marrón a cuadros y pantalón gris se siente aludido y le dice que suba, que va a bajar él. La mujer, ofendida, se niega, contesta con los restos de su enojo y se pone a esperar el ascensor que está al lado. El culposo también se baja, así que hay una vacante. Es mi oportunidad.