(Foto: El Tribuno)
Un ciego está sentado de espaldas a la calle sobre el pequeño muro del Hospital San Bernardo. Tiene puesto un par de lentes oscuros y el lazarillo descansa a un costado. Si pudiera ver, sus ojos apuntarían directamente hacia el jardín del lugar, justo donde hay una familia tirada en el pasto, a veinte metros de la entrada de la Guardia. Son seis personas, entre hombres, mujeres y niños. Sentados sobre mantas y frazadas, parecen los miembros de un camping desubicado. Tienen galletitas y botellas y también un espiral encendido que cuelga enganchado desde un cajón de madera que funciona como mesa ratona. Están ahí porque tienen un familiar internado. Pasan todo el día a la espera. Necesitan que alguien les diga algo. Quieren escuchar novedades que sean buenas noticias. Llegan a la mañana, temprano, y se van a la noche, “para descansar un poco”. No quieren hablar más, a menos que la señora, mamá del internado, lo autorice. La anciana está agotada. Tiene un hilo de voz y sus ojos son pura desazón. Dice que no quiere contar nada y vuelve a recostarse sobre el regazo de su hijo, que mira con desconfianza.
La Guardia huele a alcohol. En la puerta, un cartel informa que todo internado tiene que traer dos dadores de sangre para Hemoterapia. Los cuarenta asientos de la sala de espera están parcialmente ocupados. Algunas personas aprovechan y se acuestan en filas de cuatro sillas. No se puede fumar, hay dos teléfonos públicos que hoy parecen más apropiados para decorar un bar vintage. La televisión está apagada y los llantos de los bebés sobresalen por encima del murmullo de los adultos.
