(La Ruta Provincial 26, donde Franco fue atropellado. Imagen: Street View)
Eran las seis y media de la tarde del 26 de abril de 2009. Franco Martínez, de diez años de edad, estaba parado en la banquina de la Ruta Provincial 26, a pocos metros del Motel Burbujas, frente al barrio Apolinario Saravia, donde vivía junto a su familia. Minutos antes, había terminado de jugar al fútbol en un terreno que estaba a tres cuadras de su casa. El partido había sido interrumpido porque empezaba otro más importante: River iba a enfrentar al Lobo jujeño en el Monumental.
Franco nunca llegó a su casa para ver a River. Mientras esperaba para cruzar la ruta, fue atropellado por un auto que circulaba en zigzag. El vehículo iba conducido por una mujer que daba sus primeros volantazos. En el asiento del acompañante, un hombre le enseñaba a manejar. Ambos habían bebido. Tras el impacto, frenaron, luego siguieron. Nunca regresaron para asistir al niño, que murió doce horas después.
Poco más de siete años después, a la misma hora, Teresa Cruz, mamá de Franco, está parada al frente del lugar del accidente. Señala la entrada de una YPF que en 2009 no había sido inaugurada y hoy tapa la cancha donde su hijo había jugado antes de ser atropellado. No cruza porque es casi imposible. Los autos, camiones, motos y bicicletas no paran jamás. Van y vienen de ambos lados. No hay semáforos que los detengan. Tampoco lomos de burro. Ni siquiera un cartel. La mujer cuenta que la cantidad de tránsito es tan grande que todas las mañanas espera aproximadamente veinte minutos para poder atravesar la ruta y caminar hasta su trabajo en el barrio San Remo, donde se desempeña como empleada doméstica.